|
El
tejido interminable Estela Schindel
|
|
||
|
Desde la primera gran dispersión a partir del año 1045, el pueblo armenio conoció múltiples formas de la migración y el exilio. Testimonio y fruto de esa diversidad de experiencias a lo largo de diez siglos son, según Khachig Tölölyan, los varios nombres que sirven en el idioma armenio para nombrar la diáspora. Spurk, arderkir, tz’ronk, gharib, gaghut –sugestivamente emparentada con la palabra hebrea galut- remiten cada uno a diversos momentos y modos de la vida en el extranjero. La proliferación léxica es indicador de esa complejidad y diversidad histórica. Antes que de la carencia o el anhelo, esa pluralidad habla de la vitalidad y dinamismo de la condición diaspórica. La dispersión, como toda diseminación, adquiere en el lenguaje un contenido fecundo. Como el esparcir de una semilla, la migración permite expandir valores y creaciones culturales y hace de la diáspora un espacio de fertilidad. La palabra, tesoro portátil capaz de extenderse y dar fruto en tierras lejanas, hizo posibles momentos de esplendor cultural. El primer periódico armenio, publicado en Madras, India, en 1794, es ejemplo de esa vitalidad y muestra de cómo la cultura compartida ofreció espacios de recración de los propios valores y con ellos hogares simbólicos a habitar. Esa permanente recreación de la existencia armenia en la diáspora, así como la creciente puesta en cuestión de los conceptos de “nación” e “identidad”, desplazadas por otras como desterritorialización global e hibridez cultural, han llevado en nuestros días al giro hacia la idea de Armenia como transnación. Ya no la diáspora como exilio y orfandad, una periferia añorante del lejano hogar, sino una red que incluye, pero a la vez excede, la Armenia territorial. |
La “patria” ya no es sólo un territorio delimitado geográficamente, sino un tejido colectivo horizontal e interminable. No una promesa hacia el futuro sino una construcción permanente y productiva en el hoy. Reconocer el potencial creativo de la existencia en la diáspora no implica ignorar el peso que han tenido en ella el exterminio y la persecución. La memoria del genocidio es, junto a la palabra, una marca ineludible en el tejido permanente de la transnación. En esto, como en la impronta diaspórica y la importancia de la tradición letrada, la experiencia armenia se hermana con la del pueblo judío.Y al igual que con la Shoah, el mandato del recuerdo es paralelo al desafío de no limitar la identidad colectiva a la evocación de la muerte sino de seguir recreando modos positivos de aglutinar la pertenencia cultural. La tarea curatorial de “Under construction” asume con responsabilidad y afecto esta herencia rica y compleja. El trabajo de los artistas iniciado ya como plataforma en la red - recurso provechoso y a la vez metáfora de esa construcción rizomática de la transnación- propone imágenes que no aspiran a la solidez ni la univocidad de los símbolos nacionales, sino que son hilos en la composición de una trama. Su obra encuentra cobijo idóneo entre las paredes de un monasterio que fue sede de la recreación cultural armenia. Y Venecia, que dio asiento a una pujante comunidad al amparo de su linaje de mercaderes y su carácter de nudo de intercambio entre mundos distantes, resulta para el proyecto la ciudad más afín. Como ella, la identidad colectiva es menos una tierra firme que un archipiélago frondoso, surcado por canales como lazos que tejen interminablemente una red.
|