TRANSINDIVIDUACIÓN
Y DESIDENTIFICACIÓN

Ali Akay

 

 

En la época actual, la identidad del individuo constituye un problema muy importante. Esta situación la hemos heredado de la creación del Estado-nación y, antes que eso, de la creación de los reinos de Europa. La Ilustración europea es uno de los factores a través de los cuales se ha llegado a considerar al individuo como parte de un colectivo. A partir de ese momento histórico, se dejó de hablar de «geografía, latitud y longitud» para tratar la política desde otro punto de vista, uno en el que el sujeto, el pueblo, pasó a ocupar un lugar central. Hemos estado haciendo uso de la idea de «ciudadanía» desde que se creó el Estado-nación, y se ha convertido en una expresión con un carácter muy positivo y una fuerte connotación de libertad. El hecho de que Hobbes le diera más importancia a la noción de «pueblo» que a la de «ciudadanía», con lo que quedó eliminado el concepto de «multitud», tiene hoy una gran relevancia para nosotros en cuanto al uso actual que se le da a los términos en el campo de la sociología . El legado del Estado-nación nos resulta un grave problema por los muchos crímenes de que esta entidad ha sido responsable a lo largo de su historia, una historia que aún estamos viviendo y de la que tenemos que escapar urgentemente si queremos avanzar en nuestra situación actual y en la creación de nuevas clases de multitudes. El desarrollo histórico de la idea del individuo como parte de una comunidad colectiva ha seguido caminos muy distintos. El sociólogo francés Gabriel Tarde (1843-1904) interpretó el tema del individuo valiéndose del concepto de «mónada» de Leibniz. Tarde añadió a las mónadas leibnizianas el concepto de puertas y ventanas abiertas, lo que significa que el despacho de Leibniz no tiene ni lo uno ni lo otro: es una mónada cerrada.
En cambio, el individuo de Tarde es una mónada permeable, una que no se encierra en sí misma. Esta última representa una «transindividualidad» y por esta razón podemos denominar esta situación individual de continua influencia una «desidentificación» en sí misma, ya que presenta una actitud totalmente abierta a la posibilidad de la individuación global.

A partir de este momento, en la historia de la filosofía se ha pasado a ver al individuo como una persona integrada, un sujeto consciente e indivisible. El desarrollo de la indivisibilidad hace que la persona sea dueña de sí misma. La sociología ha seguido estudiando la diferencia existente entre la sociedad y el individuo en términos de un largo proceso de separación entre lo individual y lo social. Más adelante, a comienzos del siglo XX, Durkheim separó al individuo del colectivo y este pasó a existir como parte de la sociedad. Desde nuestra perspectiva sociológica actual y en parte por la influencia de la posición defendida por Durkheim, ni la sociedad ni el individuo son capaces de entender, en mi opinión, la situación del individuo en la actualidad. Durante los últimos veinte años, la noción de «multiculturalidad» ha empezado a jugar un papel clave en el debate del arte y de las ciencias sociales, pero, por desgracia, por lo general solo lo ha hecho en el polémico contexto de la inmigración. Los inmigrantes tienen la posibilidad de crear nuevas formas de cultura en las sociedades con las que se involucran y de elegir entre la asimilación o la diferencia entre las culturas (algo que han empezado a pedir los ciudadanos jóvenes, en especial los que provienen de países poscoloniales). Esto se puede denominar la cultura inmigrante. A este respecto, la idea de «pueblo» es muy delicada, porque lo que llamamos pueblo, según Hobbes, son las personas que forman parte de un Estado-nación. ¿Cómo podemos hablar de un «pueblo» si los inmigrantes no son ciudadanos, sino solo inmigrantes? Conseguir la ciudadanía exige que el individuo que proviene de una cultura diferente se naturalice. En Europa únicamente es posible ser miembro de una nación si se es ciudadano de dicha nación.